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lunes, 26 de octubre de 2020

Covid-19: Balance catastrófico

Ilustraciones: Víctor Solís
 

1 OCTUBRE, 2020

Julio Frenk • Octavio Gómez Dantés

La pandemia de covid-19 en México aún no está bajo control porque el gobierno al principio actuó como si su presencia fuera un asunto menor y después ha tomado una serie de malas decisiones que no han hecho más que complicar la situación. A esto se suman las consecuencias del desmantelamiento del sistema de salud. Julio Frenk y Octavio Gómez Dantés hacen la crónica detallada de esta crisis que sigue sumando muertes.

México es el cuarto país con más muertes por covid-19 en el mundo, sólo superado por Estados Unidos, Brasil y la India. Es el octavo país con mayor número de casos de esta enfermedad y casi 20 % corresponden a trabajadores de la salud, el porcentaje más alto del mundo. Aun sin tomar en cuenta el elevado grado de subregistro, los casos y muertes siguen en ascenso. De acuerdo con el más reciente análisis del Instituto para la Medición y las Evaluaciones en Salud —fuente de las proyecciones más utilizadas en el mundo—, de seguir la tendencia actual, para enero de 2021 se habrán producido en México entre 130 000 y 157 000 decesos por covid-19, dependiendo de las políticas en torno al uso de cubrebocas y el grado de movilidad de las personas. Aun en el mejor escenario, se anticipa que para finales de año el covid-19 será la primera causa de muerte en el país, por encima de las causas más comunes, como los problemas cardiovasculares, la diabetes, el cáncer y, desde luego, la violencia. Esto representa un dramático retroceso, pues hace por lo menos 30 años que una enfermedad infecciosa no se ubica dentro de las cinco principales causas de muerte y 45 años desde que una enfermedad de este tipo no encabeza la lista.

Esta dramática situación no es producto de la naturaleza, que se ensañó con nuestro país, sino resultado de malas decisiones en el manejo de una pandemia que de haberse enfrentado de manera oportuna, inteligente y agresiva ya estaría bajo control. Hay varios ejemplos de países con niveles de desarrollo similares al nuestro o incluso menos desarrollados que ya lograron controlar esta contingencia, como Camboya, Sri Lanka, Tailandia y Uruguay. Hay países en vías de desarrollo con una población parecida o mayor a la nuestra que están en mucho mejor situación y que cuentan sus muertes en miles y no en decenas de miles, como Bangladés (4281 muertes por covid-19), Egipto (5421) y Filipinas (3558). Incluso el argumento de que la alta prevalencia de diabetes en México explica el elevado número de muertes por covid-19 se viene abajo cuando nos comparamos con Pakistán, uno de los países más pobres del mundo. México, con una población de 128 millones de habitantes y una prevalencia de diabetes mellitus en adultos de 13.5 %, presentaba, a finales de agosto, 65 000 muertes por covid-19, mientras que Pakistán, con una población de 220 millones de habitantes y una prevalencia de diabetes mellitus en adultos de 19.9%, sólo contabilizaba 6294 decesos por esta causa, diez veces menos que nuestro país.

El pobre desempeño de México en la lucha contra la pandemia de covid-19 se vio agravado por una torpe restructuración del sistema de salud que tendrá enormes consecuencias negativas en la salud y la protección financiera de la población mexicana.

El primer caso de covid-19 en México se diagnosticó el 28 de febrero. Unos días antes, China había anunciado que atravesaba por la emergencia sanitaria más importante de los últimos cincuenta años, Corea se había declarado en alerta máxima, Estados Unidos había prohibido la entrada a su territorio a cualquier extranjero que hubiera estado en China en las semanas previas y el gobierno de Italia había puesto en cuarentena a varias ciudades del norte del país. En más de treinta países ya se habían identificado casos de la nueva enfermedad y la Organización Mundial de la Salud (OMS) había anunciado que los brotes de coronavirus muy posiblemente se convertirían en una pandemia.

 pesar de esta alarmante información, el gobierno mexicano optó por trivializar la presencia de la infección en el país, lo que en los hechos significó desechar la estrategia de contención que tan buenos frutos habría de generar en países como Corea del Sur y Nueva Zelanda. Las autoridades de salud afirmaron, erróneamente, que el arribo del virus a México no representaba un peligro porque la letalidad de la nueva infección era mucho menor que la de la influenza estacional. “Seguirán los abrazos y el contacto con la gente”, concluyó el presidente en su conferencia matutina del 29 de febrero.

El 9 de marzo las autoridades de Italia pusieron en cuarentena a todo el país y Francia prohibió las concentraciones de más de mil personas. Tres días después la OMS anunció que se había alcanzado el nivel de pandemia. Estados Unidos canceló sus vuelos a Europa. Los índices bursátiles, las divisas y el precio del crudo se colapsaron.

“En medio de esa convulsión”, señaló Héctor Aguilar Camín, “el gobierno de México [fue] el adalid de la serenidad: se aprestó fundamentalmente a no hacer nada”. No se suspendieron las giras presidenciales ni los partidos de futbol ni los conciertos. Los bares y centros noctur-nos siguieron abiertos. Las autoridades federales de salud consideraron innecesario organizar una agresiva campaña de información, un extenso operativo de detección y aislamiento de casos, y un llamado al “distanciamiento social”, como lo recomendaba enfáticamente la OMS. El gobierno de Ciudad de México decidió no cancelar los eventos masivos de alto impacto económico, como Vive Latino, que reunió durante dos días consecutivos y en estrecho contacto a 70 000 jóvenes en el Foro Sol. También guardó silencio sobre el éxodo de cientos de miles de habitantes de la capital del país a las zonas turísticas el fin de semana del 13 al 16 de marzo. Acapulco e Ixtapa/Zihuatanejo registraron esos días una ocupación hotelera de más de 90 %.

El 14 de marzo había en México casi cincuenta casos confirmados de covid-19. Se anticipaba ya el ingreso a la “fase de dispersión comunitaria”. El gobierno anunció el adelanto de las vacaciones de Semana Santa y la cancelación de los eventos con más de 5000 asistentes. Parecía el inicio de una nueva estrategia de combate a la pandemia. Al día siguiente, sin embargo, el presidente apareció en dos eventos masivos en Xochistlahuaca y Cuajinicuilapa, Guerrero, repartiendo saludos de mano y besos a gente del pueblo y frivolizando de nuevo la contingencia: “Las pandemias no nos van hacer nada”, declaró. Al día siguiente, el subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud salió en su defensa cuando una periodista cuestionó en la mañanera su comportamiento del día anterior: “La fuerza del presidente es moral, no es una fuerza de contagio”, sentenció para la historia.

El 17 de marzo, la Coparmex solicitó que se convocara urgentemente a una reunión del Consejo de Salubridad General (CSG), un órgano colegiado con rango constitucional, que depende directamente del presidente de la República y fue diseñado específicamente para lidiar con crisis sanitarias. Diversos analistas exigieron la adopción de medidas más agresivas y una declaración de emergencia sanitaria.

La respuesta del gobierno federal a estos llamados fue irresponsable y, de nuevo, tardía. El presidente siguió asumiendo el mismo comportamiento de cercanía física con la gente en sus giras. En la ciudad de Oaxaca transmitió un mensaje minimizando otra vez la gravedad de la pandemia e invitando a la gente a salir a comer a fondas y restaurantes para así fortalecer la economía popular. La organización Human Rights Watchcondenó públicamente su comportamiento. Fue hasta la tercera semana de marzo que las autoridades de salud convocaron una Jornada Nacional de Sana Distancia y hasta la última semana de ese mismo mes fue que se hizo un llamado a quedarse en casa: treinta días después de identificado el primer caso de covid-19 en el país. El 31 de marzo se convocó por fin al CSG y ese día se hizo también la declaratoria de emergencia sanitaria. Las responsabilidades operativas, sin embargo, se delegaron a los estados, cuando los manuales de manejo de epidemias indican que es necesario desarrollar una respuesta unificada en el nivel nacional para coordinar la toma de decisiones. La falta de un mando central efectivo y los desacuerdos con los estados han sido dos de las características más notables de esta contingencia. El gobierno federal, además, siguió ignorando los llamados de la OMS a utilizar masivamente las pruebas para la identificación y aislamiento de los casos y sus contactos, a las que se calificó de “desperdicio de tiempo, de esfuerzo y de recursos”. Las autoridades de salud descartaron también el uso del cubrebocas como medida adicional para controlar la transmisión de la infección. Todavía en junio, el vocero de la pandemia afirmó: “Sigue sin existir evidencia científica de que su uso generalizado realmente tenga un impacto positivo para reducir los contagios”. Decenas de artículos científicos desmentían sus dichos.


La Jornada Nacional de Sana Distancia concluyó el 29 de mayo. Ese mismo día se hizo un muy prematuro llamado a la reapertura de actividades y al regreso a una “nueva normalidad”, señal indiscutible de la subordinación del manejo de la pandemia a los imperativos políticos. En contra de lo que habían hecho los países que ya habían controlado la pandemia y lo que sugería la OMS, las autoridades federales llamaron a retomar la vida productiva cuando el número de casos, hospitalizaciones y muertes por covid-19 iba en aumento acelerado.

A finales de agosto todos los números oficiales habían alcanzado niveles alarmantes: 600 000 casos y 64 000 decesos por covid-19. Esa cifra de muertes la había utilizado el 4 de junio el subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud como propio de un “escenario catastrófico”. Pero la Secretaría de Salud ha descartado modificar la estrategia de combate a la pandemia e insiste en defender su supuesta efectividad. El 26 de agosto el presidente llegó al extremo de calificar como “logro” de su administración el control de la pandemia. “Hemos llegado a la catástrofe y nuestras autoridades, obcecadas y vanidosas, no son capaces de admitir un solo error”, escribió en Reforma Jorge Volpi.

Como agravante adicional, la pandemia se produjo en pleno proceso de desmantelamiento del sistema de salud de México, después de cinco años de descenso continuo del presupuesto de la Secretaría de Salud, seguidos de la desaparición del Seguro Popular a partir de enero de 2020.1 En una tétrica coincidencia, el Instituto de Salud para el Bienestar (Insabi) hizo su desastroso debut justo en el momento en que se anunciaba al mundo el surgimiento del nuevo coronavirus. Este instituto, que recentralizó la prestación de servicios de primer y segundo nivel para la población sin seguridad social en veinte entidades federativas, nació sin diagnóstico y sin diseño y arrancó sin reglas de operación. Como director general se nombró a un funcionario carente de experiencia en la operación de servicios de salud.

A ello se suma la impericia gerencial de la actual administración federal que, a casi dos años de haber entrado en funciones, no ha sido ni siquiera capaz de establecer un mecanismo mínimamente confiable de compra y distribución de medicamentos e insumos para la salud, lo que se ha reflejado, entre muchas otras cosas, en un preocupante desabasto de vacunas y medicamentos oncológicos. Si queremos una imagen numérica del retroceso respecto al llamado periodo “neoliberal”, baste apuntar a la epidemia paralela de sarampión, una enfermedad altamente contagiosa que había sido controlada gracias a los avances del Programa Universal de Vacunación instaurado en ese periodo. Mientras el covid-19 ha acaparado la atención, nuestro país ha registrado, en lo que va de 2020, 172 casos de sarampión, casi el mismo número que los acumulados a lo largo de los veinte años previos.

Las deficiencias afectan todos los aspectos de la operación del sistema de salud. Para atender la demanda de servicios vinculada a la pandemia, las autoridades federales de salud lanzaron, a finales de marzo, un plan de reconversión hospitalaria mal concebido y ejecutado. Los hospitales públicos, la mayoría carentes de personal especializado, equipo básico de protección para los trabajadores de la salud, medicamentos y otros insumos —producto todo ello de los recientes recortes presupuestales, la torpeza administrativa y la tardía respuesta a la pandemia—, no han podido atender de manera efectiva la demanda de servicios asociados a covid-19 y han tenido que posponer la atención de los pacientes con otras morbilidades, lo que ha dado lugar a un exceso de mortalidad por otras causas que todavía está por cuantificarse. Un artículo publicado por The New York Times el 10 de agosto documentó el temor que sienten los mexicanos a atenderse en hospitales públicos, cuya calidad se ha deteriorado notablemente en los últimos meses, a pesar de los heroicos esfuerzos de los trabajadores de la salud. De hecho, la mortalidad de los pacientes con covid es tres veces mayor en los hospitales del IMSS (44.6 %) que en los hospitales privados (15.7 %). Además, la gran cantidad de muertes que se han producido en el hogar como resultado, entre otras cosas, de este temor, no se están incorporando a los informes oficiales. Esto explica en parte el alto nivel de subregistro de decesos por covid-19 que hay en México. De acuerdo con Mario Romero Zavala y Laurianne Despeghel, que han hecho estudios sobre el exceso de mortalidad en 2020, la cifra de muertes por esta causa podría ser hasta cuatro veces superior a la reportada por la Secretaría de Salud.

A la desaparición del Seguro Popular y el incompetente manejo de la pandemia se sumaron los recortes a la estructura de la Secretaría de Salud y la reubicación de diversas agencias autónomas dentro de las áreas centrales de este ministerio. Destacan en este sentido la reciente desaparición de la Subsecretaría de Integración y Desarrollo (SSID), la incorporación de la Comisión Federal de Protección contra Riesgos Sanitarios (Cofepris) a la Subsecretaría de Prevención y Promoción de la Salud (SPPS) y la posible reubicación del Consejo de Salubridad General (CSG) dentro del Insabi.

La decisión de recentralizar los servicios de salud para la población sin seguridad social mediante la creación del Insabi ha debilitado las tareas de rectoría, que incluyen el diseño del sistema, la planeación estratégica, la regulación de la atención a la salud, la regulación sanitaria y la evaluación del desempeño. Ésta es la actividad medular de un ministerio nacional de salud. El debilitamiento se debe al hecho de que los funcionarios de la Secretaría de Salud federal están ocupando la mayor parte de su tiempo en la operación de los servicios de salud de primer y segundo nivel de las entidades federativas, que hasta 2019 era responsabilidad de los Servicios Estatales de Salud. Esto habrá de agudizarse con la reciente desaparición de la SSID. Las áreas de planeación, evaluación del desempeño y calidad, que habían sufrido importantes recortes presupuestales en los últimos cinco años, serán relegadas y algunas de ellas anuladas por completo. Gran parte del personal, que había hecho acopio de valiosas capacidades técnicas, será liquidado. La Secretaría de Salud se concentrará de manera creciente en la prestación directa de servicios médicos y de salud pública, pero estas dos tareas se desempeñarán de manera reactiva y sin el apoyo de un sólido aparato de inteligencia. Esto empobrecerá notablemente el desempeño del sistema de salud, lo que se reflejará en el diseño de propuestas estratégicas, la calidad y seguridad de la atención a la salud, y la rendición de cuentas. Más de tres décadas de inversión en el desarrollo del capital intelectual de la Secretaría de Salud están en riesgo de perderse en un ominoso salto para atrás a los tiempos de la vieja Secretaría de Salubridad y Asistencia.

Un síntoma de tal retroceso es la reubicación de la Cofepris en la SPSS, con dos riesgos básicos, su burocratización y su desprofesionalización. El sector salud es uno de los ámbitos de mayor intensidad regulatoria. Se estima que los sectores de la economía que regula la Cofepris representan no menos del 10 % del PIB. Para proteger la salud y promover la actividad económica es necesario vigilar y controlar los riesgos ambientales y laborales; garantizar la inocuidad de los alimentos, bebidas y servicios, incluyendo la publicidad, y certificar la seguridad y eficacia de los medicamentos, vacunas, equipos médicos y otros insumos para la salud. Estas actividades regulatorias también se han vuelto críticas para el comercio internacional, debido al creciente uso de las barreras no arancelarias —la mayoría de las cuales son de naturaleza sanitaria— para adquirir ventajas competitivas. Para llevar a cabo estas complejas funciones de manera efectiva se requieren agencias autónomas y técnicamente especializadas. En todos los países de la OCDE, la regulación de la salud está en manos de cuerpos independientes del ministerio de salud nacional. Por estas razones, en 1983, el secretario Guillermo Soberón transformó la obsoleta Dirección General de Control de Alimentos, Bebidas y Medicamentos en una Subsecretaría de Regulación Sanitaria. Este proceso de modernización culminó en 2001 con la creación de la Cofepris, que se estableció como un órgano desconcentrado de la Secretaría de Salud con autonomía técnica, administrativa y operativa.

La degradación administrativa de la Cofepris supone un regreso a los años setenta del siglo pasado, la pérdida de la necesaria independencia de esta agencia y su probable desprofesionalización. Ahora las decisiones en materia de regulación estarán sujetas a una lógica política, como sucedía en los tiempos del partido de Estado y como sucede con la pandemia actual. Los cuadros de esta agencia técnica serán sustituidos, como ha pasado en otras áreas, por funcionarios ideológicamente afines a este gobierno, pero carentes de las habilidades profesionales y la experiencia necesarias. El menosprecio de la actividad regulatoria, tan propio de los regímenes neoliberales, debilitará el control de riesgos, entorpecerá el acceso a todo tipo de insumos para la salud y contribuirá a ahuyentar aún más la inversión productiva.

Finalmente está la amenaza de reubicar el CSG en el Insabi. Este consejo es un órgano con poderes cuasilegislativos cuya función principal es coordinar las acciones del gobierno en casos de amenazas críticas a la salud de la población. La intención del Congreso Constituyente con su creación fue proteger los derechos individuales y garantizar, al mismo tiempo, una acción eficiente en situaciones de crisis sanitarias. Si las decisiones se dejaban sólo en manos del Ejecutivo, se corría el riesgo de que éste abusara de las crisis para suspender caprichosamente las garantías individuales. Si se dejaban únicamente en manos del Congreso, se corría el riesgo de que la respuesta a las crisis fuera tardía. Fue así como se creó este órgano intermedio que tiene la facultad de restringir temporalmente las garantías individuales ante una emergencia sanitaria. Su incorporación a una dependencia de la Secretaría de Salud rompería este fino equilibrio en favor del Ejecutivo —muy posiblemente la intención de la actual administración— y debilitaría la toma de decisiones colegiadas que caracteriza al Consejo, tan útil no sólo en casos de crisis sanitarias sino también en asuntos que requieren de la deliberación de diversos actores, como la definición del Cuadro Básico de Medicamentos del Sector Público. Su reubicación, sin embargo, será difícil, pues exige de enmiendas constitucionales que requieren del voto de dos terceras partes del Congreso.

Habrá quien piense que esta restructuración es producto de profundas reflexiones que buscan concretar una visión estratégica ambiciosa. Pero no es así. Las autoridades de salud del actual gobierno no cuentan con las capacidades para desarrollar un proyecto estratégico y están más bien respondiendo como pueden a pugnas internas y a la exigencia de recortar áreas para liberar los recursos que requiere el puñado de proyectos prioritarios del presidente de la República. El resultado final es una Secretaría de Salud disminuida, rebasada por la pandemia y por la responsabilidad de coordinar la prestación directa de servicios personales de salud para la población sin seguridad social en por lo menos veinte entidades federativas, debilitada en su capacidad rectora y en conflicto continuo con diversas secretarías estatales de salud. Abundan las señales que indican que la actual administración de dicha secretaría no podrá cumplir con sus obligaciones y que, a menos que se enmiende el rumbo, éste será un sexenio de franco retroceso para la salud.

Para evitar que dicho retroceso se extienda al orden democrático, es crucial que los ciudadanos, la comunidad científica y los medios de comunicación pidan cuentas a las autoridades de salud. Se les requerirá que expliquen las causas de los inadmisibles subregistros de casos y decesos por covid-19, y que respondan por los miles de muertes evitables que produjo el retraso en la respuesta inicial a la pandemia y las que está produciendo la defectuosa respuesta en curso. Se les exigirá asimismo que justifiquen la desaparición del Seguro Popular y su Fondo de Protección contra Gastos Catastróficos, los incomprensibles recortes recientes a la estructura de la Secretaría de Salud y la pérdida de la autonomía de agencias como la Cofepris. En ese proceso, sería recomendable que se exigiera también la cancelación de los cambios destructivos a la Ley General de Salud que dieron origen al Insabi. El objetivo de esta medida no sería restablecer el Seguro Popular, sino caminar hacia la construcción de un sistema universal de salud parecido al de Canadá, el Reino Unido y los países escandinavos, como lo propuso el propio presidente al inicio de su mandato. Esto implicaría incrementar el gasto en salud por lo menos al nivel promedio de los países de América Latina (7.5 % del PIB), crear un Fondo Universal de Salud —que permitiría ofrecerles a todos los mexicanos un mismo paquete de servicios de salud integrales y de alta calidad con protección financiera—, garantizar la prestación plural y descentralizada de los servicios de salud y reconstruir nuestro debilitado sistema de vigilancia y control epidemiológico para proteger como se debe a la población mexicana en la próxima pandemia.

***

Julio Frenk

Rector de la Universidad de Miami y exsecretario de Salud de México (2000–2006).

Octavio Gómez Dantés

Investigador del Instituto Nacional de Salud Pública de México.

1 El proyecto de presupuesto 2021 enviado al Congreso contempla un presupuesto para la Secretaría de Salud (ramo 12) de 145 415 millones de pesos, superior en 12 000 millones de pesos al presupuesto 2020 (133 246 millones de pesos). Sin embargo, a este presupuesto se le están agregando recursos “reciclados” del desmantelado Fondo de Protección contra Gastos Catastróficos, componente del Seguro Popular que solía financiar la atención de padecimientos como el cáncer, cuya cobertura ha disminuido. Tales recursos se acumularon durante administraciones anteriores y por lo tanto no deben contabilizarse como asignaciones adicionales. Su monto podría ascender hasta 33 000 millones de pesos. En ese caso, la asignación real de esta administración a la salud en 2021 sería de aproximadamente 112 415 millones de pesos, que representaría una reducción de casi 16 % respecto del presupuesto de 2020, y esto sin contar el efecto de la inflación. Ello significa que el presupuesto para la Secretaría de Salud se estaría reduciendo por sexto año consecutivo.

Fuente: https://www.nexos.com.mx/?p=50282

 



jueves, 2 de julio de 2020

De castigos divinos, milagros y calaveras: las epidemias en el arte mexicano




Veka Duncan

26 MARZO, 2020

Prejuicios, supersticiones, creencias, humor y crítica marcan el camino de formas y trazos que ha tomado el arte mexicano para representar las epidemias. Un recorrido desde tiempos prehispánicos hasta el siglo XX.

En 1520 se registra la llegada de un hombre de raza negra a tierras mesoamericanas que desata una de las peores epidemias en la historia de nuestro continente: Juan Guía. Aquel esclavo inadvertidamente trae consigo una maldición que acaba siendo una poderosa arma para lograr la Conquista del Nuevo Mundo. Tras desembarcar en la región maya, Guía avanza con los españoles hacia el altiplano con la viruela a cuestas y rápidamente la propaga entre los pueblos indígenas.

A partir de este episodio se ha narrado la historia de las epidemias en México, atribuyendo sus orígenes a la llegada de los españoles; una visión cargada de prejuicios. La noción del mundo prehispánico como un idilio libre de toda enfermedad aún perdura hasta nuestros días y ha sido alimentada, en gran medida, por los relatos de la viruela; atravesados por la leyenda negra de España, han sido utilizados para crear una narrativa de héroes y villanos, en la que los conquistadores son retratados como portadores de muerte y devastación, a pesar de que quien desató el contagio fue un esclavo, importado a estas tierras para suplantar la mano de obra indígena diezmada. Por supuesto que no fueron ni los conquistadores ni los negros quienes introdujeron las epidemias al Nuevo Mundo, pero con la llegada de la viruela sí surgieron nuevas representaciones pictóricas de la enfermedad.

En el Códice Florentino se encuentra la imagen más icónica de aquella epidemia de viruela acaecida en los primeros años de la Conquista.1 En una escena de este códice aparecen enfermos cubiertos de puntos; sus cuerpos yacen sobre petates, con la cabeza recargada en una especia de almohada y cubiertos por mantas. Lo que más destaca de esta representación es la forma en la que se ha plasmado la agonía de esos cuerpos: la mayoría de los enfermos tienen los ojos cerrados, uno de ellos levanta el brazo y extiende el cuello en un gesto tormentoso, mientras otro se encorva con una mirada de angustia, su boca despidiendo una vírgula, señal del habla en el arte prehispánico pero que aquí evoca un lamento de dolor.

Si bien la viruela como tal apareció por primera vez en el imaginario de los pueblos mesoamericanos a partir de ese fatídico momento, la salud y la enfermedad, la preocupación por los distintos estados del cuerpo, sus dolencias y las causas de éstas, fueron temas que ocuparon a los tlacuilos, pintores y escultores prehispánicos desde tiempos inmemoriales. Existen numerosas figurillas con características que han sido leídas como señales de algún padecimiento médico: vientres abultados, marcas en la piel o diversas deformaciones. Algunos códices y relatos nos hablan también de epidemias que sucedieron antes de la Conquista, como el códice Chimalpopoca, en el que se narra una sequía en 1453 en el Valle de México a causa de severas heladas que, a su vez, generaron hambruna, condiciones insalubres y, en consecuencia, epidemias. La helada misma era considerada una “plaga del cielo”,2 cuyas temperaturas bajas desataron un “catarro pestilencial”, como lo narra Fernando de Alva Ixtlilxóchitl en su Historia chichimeca y que ha sido interpretado como una posible epidemia de influenza. El Códice Chimalpopoca también hace referencia a otra epidemia de 1496, que podría ser un brote de tifo.

De acuerdo al arqueólogo Omar Espinosa, las representaciones de algunos dioses en los códices mesoamericanos también muestran padecimientos médicos o vínculos con la enfermedad, particularmente en aquellos que se relacionaban a la suciedad, los vicios y los males en general. Entre estas representaciones, Espinosa resalta la de Nanahuatzin, el buboso, quien aparece en el Códice Borgia con llagas, manos deformadas y una condición en el ojo que evoca su enfermedad. La ceguera fue tema frecuente en las representaciones de estos dioses, como sucede también con Ixnextli, quien aparece llorando en el Códice Telleriano-Remensis debido a que tiene los ojos cubiertos con ceniza, o con Itztlacoliuhqui, representado como un ciego o con los ojos tapados debido a los males que atrapaba.


El vínculo entre arte, religión y enfermedad es común a todas las culturas. A lo largo de la historia del arte, las epidemias detonan la producción de imágenes alusivas a la intervención divina, tanto para bien como para mal. Este tipo de manifestaciones artísticas también se producen a manera de ofrenda, particularmente en agradecimiento a los dioses y santos que interceden en favor de la humanidad. Un caso emblemático es el de la peste bubónica, en torno a la cual surgieron importantes expresiones plásticas que lo mismo condenaban a la humanidad por su comportamiento, entendiendo la peste como un castigo divino, que agradecían a diversos santos por haber detenido la epidemia. En el arte mexicano, esa función de ofrenda y agradecimiento aparece en los exvotos, una práctica de religiosidad popular que inició en el virreinato.


Los exvotos son una fuente riquísima para entender la vida cotidiana durante el Virreinato. En ellos también se refleja la preocupación por la salud. Si bien no siempre especifican el tipo de enfermedad que padece el protagonista, e incluso en ocasiones se resalta que sus causas eran desconocidas, es probable que muchos exvotos estén vinculados a alguna epidemia o crisis sanitaria. Más allá de los padecimientos particulares, vale la pena comentar algunas características de estas representaciones: en la mayoría de los casos, veremos al protagonista recostado en su lecho, frecuentemente rodeado de familiares, médicos y sacerdotes, y es común ver al enfermo o a sus familiares en una posición orante, ya sea hincados o con las manos juntas, ante la imagen del santo o virgen que ha irrumpido en la escena para curar el mal. En cuanto a la cartela que acompaña la escena, un tema recurrente es la búsqueda de remedios sin ningún resultado, lo cual lleva al enfermo a buscar la intervención divina. En la colección del Museo Arocena hay varios ejemplos de este tipo de exvotos: resalta uno dedicado a Nuestra Señora de la Salud de Pátzcuaro en el que se narra cómo la virgen ayudó al vicario de aquel santuario, don Manuel Lecuona, a sobrevivir una enfermedad grave el 27 de junio de 1796. Lo más llamativo de esta imagen se encuentra en la cartela, donde se especifica que además de estar “gravemente enfermo” también se encontraba “desahuciado por los médicos”. Es una actitud recurrente en la sociedad de la época: la desconfianza en los médicos y, en consecuencia, la preferencia por las prácticas religiosas.

La tradición del exvoto continuó con gran ímpetu después de la Independencia y siguió siendo común hasta las primeras décadas del siglo XX. La epidemia de cólera, que llegó a México en 1833, significó también la irrupción de una nueva temática para este género pictórico. En este sentido, entre los 594 exvotos repatriados que se presentaron en la exposición Memoria de milagros en el Museo de las Culturas del Mundo, destaca el que ofreció Juan María Fernández en agradecimiento a la Virgen de la Soledad “por haberla salvado del cólera”. Por la factura de la cabecera y el bordado del cobertor podemos asumir que la donante de este exvoto pertenecía a una familia de alcurnia. Queda claro así que el exvoto fue una expresión artística tanto de las clases obreras como de la élite.

Desde principios del siglo XIX el cólera rápidamente se convirtió en protagonista de otras manifestaciones artísticas populares, como la caricatura. De nuevo se hizo latente la charlatanería que la población percibía entre los médicos. En la prensa europea, particularmente la británica, brotaron múltiples imágenes que satirizaban la situación, contraponiendo la experiencia de las clases obreras —marcada por la miseria— con la de los acaudalados médicos, quienes, según la opinión pública del momento, se beneficiaban de la enfermedad y el pánico que generaba. En México, como la actual pandemia de coronavirus ha demostrado, nuestro sentido del humor sale a relucir ante la menor provocación. Si bien durante la epidemia de cólera no había memes, sí existían las hojas volantes: breves gacetas que se repartían en la calle narrando sucesos fantásticos, acontecimientos de nota roja o desastres naturales, entre otras cosas.

En 1910, el emblemático taller de Antonio Vanegas Arroyo, famoso por las ilustraciones que realizaba José Guadalupe Posada, publicó una hoja volante con La Calavera del Cólera Morbo,con un verso firmado por Arturo Espinosa e ilustración del propio Posada. La calaverita en sí misma merece atención, pues, como sucedía con las caricaturas europeas, hace referencia al negocio que hacían “boticarios y doctores, en contrato criminoso”, incluyendo a Eusebio Gayosso, con “todos los que han quedado del cólera calaveras”; pero lo que aquí nos ocupa es la forma en la que se ha representado la enfermedad en la ilustración. Como es de esperarse en una obra de Posada, aparecen múltiples cráneos, o “calaveras”, realizando actividades cotidianas. Lo que más destaca se encuentra al centro del grabado, donde vemos a un personaje con torso de humano y cola de serpiente rodeado de moscas; éstas evocan las condiciones insalubres que generaron la epidemia, atribuida a las malas condiciones sanitarias del agua. La referencia a la serpiente es también interesante; por un lado, podría ser un motivo inspirado en la tradición bíblica, que ha persistido en la iconografía del arte occidental, de la serpiente como portadora del mal; por el otro, también podría referirse al báculo o vara de Esculapio, emblema médico. El rostro del personaje también es de notar, pues su lengua de fuera, en conjunto con sus brazos levantados, nos dan a entender un ademán de susto; es probable que en esta imagen Posada esté burlándose del pánico que generaron las epidemias de cólera. No deja de sorprender que esta hoja volante haya sido publicada en una fecha tan tardía, siendo la epidemia de cólera de 1833 la más significativa. Así, nos muestra el impacto de esta epidemia en la cultura popular mexicana y la persistencia de esta enfermedad hasta bien entrado el siglo XX.


Pocos años después de que se publicara esta sátira del cólera, surgió una nueva epidemia que devastaría al mundo entero: la influenza española, que se estima arrasó con la vida de 40 millones de personas entre 1918 y 1920. A diferencia de otros países, en los que desató una importante producción plástica, esta pandemia no tuvo un gran impacto en los artistas mexicanos. Es probable que esta ausencia se deba a que la enfermedad coincidió con un momento de transición política y social en el que apenas comenzaba a consolidarse el proyecto revolucionario en México. Por otro lado, también es importante recordar que los pintores que en las siguientes décadas se convertirían en las grandes firmas del arte mexicano, como Diego Rivera o David Alfaro Siqueiros, se encontraban en Europa en ese momento y, por lo tanto, tuvieron poco contacto con la llegada de la influenza al país. Algunos diarios publicaban fotografías de gente con mascarillas —imágenes que hoy resultan escalofriantemente familiares— o ilustraciones alusivas a la enfermedad, de cierto modo en continuidad con la representación pictórica del cólera en décadas anteriores. Incluso, al más puro estilo de las afamadas hojas volantes de Vanegas Arroyo, algunos periódicos también publicaron uno que otro corrido a manera de calaverita:

La cosa está del demonio;
No hay una familia sola
El que no cruel testimonio
Haya de la influenza española4

Las enfermedades y epidemias del siglo XX que sí dejaron un importante legado artístico en México fueron la poliomielitis y el SIDA. De la primera destaca la producción de la ahora icónica Frida Kahlo, cuya vida y obra son inherentes a la enfermedad y el dolor. Kahlo contrajo polio en 1913, a la edad de seis años, lo cual la obligó a pasar temporadas de aislamiento en su infancia. De acuerdo a algunas interpretaciones, esta experiencia se ve reflejada en Ella juega sola o niña con máscara de muerto de 1938. Otra posible referencia a la polio la encontramos en Lo que el agua me dio, también de 1938, una especie de autorretrato en el que vemos los pies de la artista dentro de una tina desde su propia perspectiva; en el cuadro resalta una deformidad en su pie derecho, de la cual se desprende un hilo de sangre, que posiblemente sea a causa de la polio. Las prótesis también serán un motivo recurrente en su obra tanto por su padecimiento infantil como por el accidente de tranvía al que sobrevivió en su adolescencia.

Para los años 80, la epidemia de SIDA cobraba la vida de miles de personas, particularmente de jóvenes de la comunidad LGBT+ y de otros grupos minoritarios. La comunidad artística internacional, una de las más afectadas por el virus, rápidamente reaccionó a la crisis sanitaria, produciendo un legado plástico que marcó el rumbo del arte contemporáneo. México no fue la excepción y a partir de la década de los 90 surgió una importante producción que abordaba la experiencia de quienes viven con VIH y el impacto social del SIDA. Mientras piezas como In Memoriam de Jesús Garibay Mendoza del grupo Taller de Documentación Visual (1995) rendían homenaje a las víctimas de la epidemia, otras concientizaban sobre el uso del condón, como las caricaturas de Arturo Kemchs. Estas epidemias modernas retomaron también elementos formales de representaciones anteriores: por un lado, la estética de Frida Kahlo está inspirada en los exvotos, que como ya se ha mencionado fue el género predilecto para representar la enfermedad durante cuatro siglos de arte mexicano; por el otro, Rolando de la Rosa se reapropió del imaginario de los códices para crear una nueva narrativa de la epidemia en Iconocuicatl sidaids de 1996, cerrando con ello el círculo de las epidemias y su representación en el arte mexicano.

Aún no sabemos qué influencia tendrá la actual pandemia de COVID-19 en nuestras manifestaciones culturales: cada crisis desata su propia producción artística y reinterpreta el segmento de la tradición que necesite.

Veka Duncan

Historiadora del arte y conductora de El Foco en Adn40. Twitter: @VekaDuncan.

1 Códice Florentino, lib. XII, f. 53v.

2 Angélica Mandujo Sánchez, Luis Camarillo Solache y Mario A. Mandujano, “Historia de las epidemias en el México antiguo. Algunos aspectos biológicos y sociales” en Revista Casa del Tiempo, abril 2003.

3 Los exvotos son pinturas de artistas anónimos en agradecimiento a la Virgen, a Jesús o a algún santo por su intervención en auxilio de quien lo manda a hacer, siendo las causas más frecuentes de esta ayuda los desastres naturales, los accidentes y, por supuesto, las enfermedades. Se producían por encargo y se donaban a los templos en los que se encontraban las imágenes de las advocaciones marianas o santos a quienes se les había pedido auxilio. Los santos se representan siempre dentro de la escena, aunque en una escala mayor al resto de los participantes de la acción. A su vez, los exvotos siempre muestran al donante como el protagonista de la historia, en el preciso momento en el que fue auxiliado. Para resaltar esta intervención divina, las escenas son siempre acompañadas por una cartela que narra los hechos, usualmente consignando la fecha en que sucedieron y el nombre de quien fue beneficiado. A diferencia de la mayoría del arte sacro del Virreinato, que era comisionado por la propia iglesia, estas expresiones eran de factura popular, es decir, comisionadas por gente de a pie y creadas por artistas autodidactas, de ahí su estilo naïf.

4 La Prensa, 2 de noviembre de 1918.